Mi despertar: el día en que encontre el origen en mi propia oscuridad


Si el libre pensamiento fuera una «enfermedad de la mente» o una «herejía demoníaca» —como enseñó Ireneo de Lyon hace mil ochocientos años—, mi despertar me habría hundido en la locura o en el mal. Pero ocurrió exactamente lo contrario. Yo desperté del sueño del olvido; desperté de la hipnosis colectiva, del piloto automático del robot zombi. Y todo lo que viví desde entonces confirma justo lo que el sistema intentó enterrar.

Y si fuera verdad lo que decía Ireneo, déjame hacer una pregunta como ser libre: ¿de qué está despertando la gente hoy? Porque yo observo. Veo los dogmas, las creencias, las religiones, las mil etiquetas distintas… y veo que, debajo de todas ellas, el ser humano sigue caminando por el mismo sendero de siempre: el del miedo, el del olvido, el de la obediencia hacia afuera. Cambian el nombre de la jaula, pero no salen de ella.
Despertar no es cambiar de creencia. No es saltar de una religión a otra, ni de un dogma a uno más moderno. Despertar es recordar tu origen — y eso fue, exactamente, lo que me ocurrió a mí.


El Día en que encontré a la Fuente en mi propia oscuridad.
La religión te vende que necesitas un obispo, un sacerdote, un templo o un ritual exterior para acceder a la divinidad. Pero cuando toqué el fondo de mi dolor, es decir mi propia oscuridad, sola en mi habitación, despojada del orgullo y del ego del personaje llamado Silvia Esther Garibaldi, el Origen (La Fuente) se me manifestó en lo más profundo.
Ahí entendí que la Fuente verdadera es una frecuencia interna, vertical, que no cobra peajes ni exige intermediarios. Me sacó del olvido porque el Espíritu reconoce al Espíritu, sin burocracias.

Los dogmas que cargaba no me ayudaron en nada
Y claro que no iban a ayudarme: las creencias inyectadas por el sistema desde mi niñez —la culpa, el pecado, el miedo al castigo, la idea de que soy débil y necesito que me salven desde afuera, de que necesito vivir con alguien para que estar completa,— están diseñadas para bloquear la señal interna. Son cortocircuitos implantados para que nunca mires hacia adentro. No eran herramientas de liberación; eran las cadenas invisibles que me mantenían en piloto automático hacia el mundo externo.
Por qué la humanidad sigue sufriendo
Lo comprendí con claridad: porque el apego es el alimento del sistema. Al desviar toda la energía creativa del ser humano hacia los dramas de la dualidad —sufrir por amor, esclavizarse por estatus, vivir con miedo a la escasez— se logra que entregues tu voltaje voluntariamente. Un ser humano desapegado, neutro y consciente de su propia inmortalidad es el peor enemigo del sistema: a ese ya no se le puede ordeñar energéticamente.
La Gnosis viva
Haber recordado hace más de cinco años me convirtió en testigo directo de lo que los textos de Nag Hammadi intentaban proteger. Tomás, Felipe y Juan escribieron sobre lo mismo que yo experimenté: que el Reino está dentro de ti y fuera de ti, y que la resurrección se recibe en vida, es decir aqui ahora, no después de morir, no puedes ir al otro lado con la conciencia (gnosis) de saber quién eres realmente, sino lo has recordado aqui en este plano.

No estoy loca. Estoy libre del arrastre de la ignorancia del falso creador. He reclamado mi Espíritu.

Este es el corazón de mi trilogía «De Regreso al Origen». Si algo aquí removió un reconocimiento dentro de ti, ese reconocimiento es tuyo, no mío.

Escrito por: Silvia Esther Garibaldi desde su vivencia.